Llegar al Alt Berguedà, en la provincia de Barcelona, es como si alguien hubiera subido el volumen del silencio y saturado el verde de las montañas justo antes de que tú pasaras. Castellar de n’Hug suele llevarse la fama por sus cruasanes gigantes y por ser el kilómetro cero del río que da vida a media Cataluña, pero lo cierto es que esta zona es un imán para los que buscamos algo más que una foto de postal.
No puedes decir que has estado aquí si no te asomas a sus balcones naturales para ver cómo cambia el paisaje con o sin el manto de nieve. Los miradores del pueblo ofrecen una panorámica del Pirineo que te hace sentir pequeño, especialmente cuando las nubes quedan por debajo de tus pies.
Confieso que, tras ver nacer el agua entre las rocas en las Fuentes del Llobregat, donde el agua brota con una fuerza que retumba en el pecho; es un espectáculo sonoro que te reconcilia con la naturaleza.
Estuve a punto de quedarme allí mirando el musgo toda la tarde, es la visita obligada. Sin embargo, hay un magnetismo especial en la carretera que te empuja a seguir, a descubrir esos rincones donde la piedra parece color galleta y el aire huele a leña de encina. Es, sin duda, el punto de partida ideal para explorar otros pueblos bonitos cerca de Castellar de n’Hug.
Pueblos bonitos cerca de Castellar de n’Hug
Aquí tienes el cuaderno de bitácora de una ruta que empieza en el rumor del agua y termina rozando la frontera francesa.
La Pobla de Lillet
Bajando por la carretera, este pueblo me recibió con ese aire de lugar que sabe envejecer con dignidad. Aquí, Gaudí dejó su huella menos «turística» en los Jardines Artigas, un rincón donde la piedra y la vegetación se abrazan de una forma casi mística sobre el río.

Si vas con niños, las áreas recreativas son un respiro, aunque el verdadero premio visual es subir al Mirador del Roc de la Lluna para dominar el valle. No te vayas sin entrar al Monestir de Santa Maria de Lillet, un esqueleto de piedra románica que impone un respeto absoluto en medio del silencio.
Guardiola de Berguedà
Este es uno de esos sitios donde el eco de tus pasos es lo único que suena si te alejas de la carretera principal. El Monasterio de Sant Llorenç es el corazón del lugar, una estructura robusta que parece brotar directamente de la roca de la montaña. Para aparcar sin dramas, busca la Fuente del Panchut, un punto estratégico para dejar el coche y lanzarte a caminar.

Sus miradores son menos conocidos, pero ofrecen una perspectiva limpia de la orografía del Berguedà, lejos de las aglomeraciones de otras comarcas más famosas. Es otro de los pueblos bonitos cerca de Castellar de n’Hug que guardan su carácter local en zapatillas.
Bagà
Bagà tiene ese aire de capital medieval que te obliga a sacar la cámara en cada esquina de sus plazas porticadas. Es la puerta de entrada al Parque Natural del Cadí-Moixeró, un muro de roca que quita el hipo, sobre todo desde el Mirador del Bac de Diví.

Si tienes piernas para ello, recorre la Via del Nicolau, una ruta de senderismo sobre una antigua vía de madera que cruza puentes colgantes. Al final, el Mirador de Bagà te regala una vista del pueblo que parece una maqueta perfecta bajo los picos pirenaicos.
Estoll
Cruzando hacia la Cerdanya, Estoll es poco más que un puñado de casas de piedra con tejados de pizarra, pero tiene una luz que parece de película. La Iglesia de Santa Eulàlia d’Estoll destaca en este núcleo donde el ritmo lo marcan las estaciones y no los relojes.

Es un lugar que te atrapa por su sencillez; aquí no hay postureo, solo vacas pastando y el olor a hierba mojada. Confieso que no esperaba mucho de un sitio tan pequeño y acabé mirando el paisaje durante media hora sin pestañear. Es uno de los pueblos bonitos cerca de Castellar de n’Hug que mejor conservan la esencia rural.
Alp
Alp es el centro neurálgico para los que buscan algo más de movimiento y buenas cenas después de la montaña. Desde aquí llegas en un suspiro a la estación de La Molina, lo que lo convierte en un paraíso de diversión tanto para niños como para adultos que quieran quemar adrenalina.

La oferta de hoteles es excelente, ideal para recuperar fuerzas con vistas a las cumbres que rodean el municipio. Es el punto de equilibrio perfecto entre la aventura salvaje y el confort de un refugio de montaña con todas las letras.
Puigcerdà
Aunque está algo más alejado, Puigcerdà es ese imperdible que pone el broche de oro a cualquier ruta por el Pirineo catalán. Pasear por el Parque Schierbeck y ver los cisnes en el estanque es un rito de paso, casi tanto como perderse por sus calles comerciales que huelen a chocolate y montaña.

Es frontera con Francia, y esa mezcla de culturas se nota en el ambiente vibrante de sus plazas. No te vayas sin subir al Campanario de la antigua Iglesia de Santa María, la única parte que queda en pie y que vigila toda la Cerdanya desde las alturas.