Salí de la estación de New Street y me paré a mirar su fachada futurista, que no encajaba con la idea de ciudad gris que traía en la cabeza. Venía con la duda de si merece la pena visitar Birmingham o si es solo una parada de paso entre Londres y el norte de Inglaterra. Lo primero que vi al cruzar la calle fueron tiendas. Muchas tiendas.
Esa fue la primera impresión, y no muy buena. El centro está pegado a varios centros comerciales y al principio cuesta ver algo que no sea un escaparate. Decidí no juzgarla tan rápido y empecé a andar, porque casi todo el centro es peatonal y lo que quería ver estaba cerca.
Dos días a pie desde New Street hasta Gas Street Basin
Empecé por el Bullring, que está al lado de la estación. El centro comercial es enorme y, como no buscaba nada concreto, no lo recorrí entero. Salí por fuera para ver el edificio de Selfridges, cubierto con 15.000 discos de aluminio sobre fondo azul que, según dicen, se inspiraron en los vestidos de Paco Rabanne. Es la foto de Birmingham. Junto a la entrada está el toro de bronce, de 2,2 m, siempre rodeado de gente esperando su turno para hacerse la foto. Esperé el mío.
Subí por New Street hasta Victoria Square, y ahí entendí por qué tanta gente dice que merece la pena visitar Birmingham aunque no sea una ciudad bonita de postal. El Town Hall, rodeado de columnas, parece un templo romano, y a su lado el Council House levanta una cúpula de 29 m junto a la torre del reloj que todos llaman Big Brum. Me acerqué a The River, la escultura que los locales bautizaron como Floozie in the Jacuzzi y que hoy es un jardín con plantas en lugar de una fuente. En la parte de atrás está el Birmingham Museum & Art Gallery. Entré porque es gratis, y la sala de té eduardiana me vino muy bien para descansar entre cuadros prerrafaelitas.
Ya en Colmore Row entré en St Philip’s Cathedral, discreta por fuera y con unas vidrieras de Burne-Jones dentro que justifican cruzar la puerta, y al salir me llamó la atención el jardín que la rodea, con las lápidas antiguas todavía en pie entre la gente tumbada en la hierba.
Desde allí caminé hasta Centenary Square para ver la Library of Birmingham, inaugurada en 2013, con una malla de círculos metálicos que según sus arquitectos imita la joyería de la ciudad. La entrada es gratuita y subí a las terrazas ajardinadas y después al mirador del cilindro dorado, que tiene las mejores vistas de Birmingham. Bajé a Gas Street Basin con la última luz de la tarde. La cuenca es de 1773 y junta barcazas de colores con fábricas de ladrillo rojo, y por detrás asoman las torres de cristal. Si has visto Peaky Blinders, esa estética te sonará. Seguí el canal a pie hasta Brindleyplace y acabé en una terraza junto al agua. Los fines de semana con sol se llena todo muy rápido.
El segundo día cogí el tranvía hasta el Jewellery Quarter, el barrio donde se fabrica el 40 % de la joyería del Reino Unido. Me gustó mucho callejear entre talleres de ladrillo y escaparates hasta St Paul’s Square, una plaza tranquila con su iglesia del siglo XVIII. Dejé Digbeth para el final del día, que es cuando tiene ambiente. Los murales de la Custard Factory, la antigua fábrica de natillas Bird’s, son interesantes, y probé una cerveza artesana en uno de sus bares antes de volver al centro.
¿Compensa Birmingham frente a Manchester o Liverpool?
Birmingham tiene menos fama que Manchester o Liverpool y entiendo por qué, porque a primera vista parece una ciudad de compras. Aun así, me fui con la sensación de que la había juzgado mal en la estación. Casi todo lo que me interesó era gratis y lo recorrí andando. Con dos días lo vi con calma y sin coger más transporte que el tranvía.
Si me preguntas si merece la pena visitar Birmingham, te digo que sí, sobre todo como escapada de fin de semana. Volvería a hacer el mismo recorrido, y me quedo con los canales y con el mirador de la biblioteca. Si tengo que añadir uno más, elijo Victoria Square y la fachada del Town Hall.