¿Merece la pena visitar Murcia? Conoce mi opinión de 2026

Llegué a Murcia en tren un sábado de junio y lo primero que noté al salir de la estación del Carmen fueron los 34 grados que marcaba el termómetro de una farmacia. Crucé el río Segura andando hacia el centro y paré dos veces a la sombra antes de llegar a la primera plaza. El casco histórico es compacto, así que dejé la maleta en el hotel y salí a caminar sin plan. La primera impresión fue rara: calles medio vacías a media tarde y persianas bajadas.

Pensé que me había equivocado de ciudad. Luego entendí que en verano Murcia se vacía en las horas de más calor y revive cuando baja el sol. A partir de las ocho, las terrazas se llenaron y el ambiente cambió por completo. Voy a contarlo sin rodeos: merece la pena visitar Murcia, y se puede ver bien en un fin de semana sin agobios. Eso fue lo que hice yo.

Murcia se entiende caminando, no en el mapa

Dediqué la primera mañana a perderme por las calles Trapería y Platería, las dos arterias comerciales del casco antiguo. Son peatonales y estrechas, y desembocan casi sin querer en las plazas importantes. Por Trapería llegué al Real Casino casi de casualidad, y por Platería acabé delante de la Catedral. Caminar sin GPS funciona aquí porque todo queda a menos de diez minutos.

Lo que más me sorprendió fue el ambiente de tapeo. A mediodía me senté en la Plaza de las Flores, que es donde la gente de aquí va a picar, y pedí una marinera, esa rosquilla con ensaladilla y anchoa que es casi el símbolo de la ciudad. Costaba poco más de dos euros. Repetí con un matrimonio y unos michirones, y entendí que merece la pena visitar Murcia aunque sea solo por comer así de bien y de barato.

Crucé el centro de punta a punta y me fijé en que mezcla edificios de muchas épocas sin que choque. Una fachada barroca y, justo al lado, una casa modernista. No hay grandes monumentos sueltos: hay un conjunto que se disfruta entero. Por eso merece la pena visitar Murcia con calma, parando en las terrazas y dejando que las plazas aparezcan solas.

Por dónde merece la pena entrar y dónde basta con mirar la fachada

La Catedral fue lo que más me gustó de toda la ciudad. La fachada barroca impresiona desde la Plaza del Cardenal Belluga, que a media tarde recibe la luz de lado y queda bien para una foto. Pagué la entrada, que empieza en unos 4 euros, y entré sin grandes expectativas. Dentro hay 23 capillas, pero la que me dejó parado fue la Capilla de los Vélez, de un gótico recargado que no esperaba. El claustro gótico también me gustó, y subí a la torre, que es la segunda más alta de una catedral en España después de la Giralda. Las vistas desde arriba compensan la subida.

En la misma plaza tienes el Palacio Episcopal y la Casa Consistorial, uno barroco y otro neoclásico, casi pegados. De las casas privadas de alrededor, la que más me gustó fue la Casa de los Dragones. Es modernista y queda guapa para una foto, aunque no se visita por dentro.

Tirando por la calle Trapería llegué al Real Casino de Murcia, y aquí sí merece pagar los 5 euros de entrada. El interior es espectacular. El Patio Árabe está cubierto de decoración nazarí hecha con 20.000 láminas de pan de oro, y la biblioteca de madera es otra cosa. Llevan audioguía incluida, así que entiendes lo que ves mientras lo ves.

El Teatro Romea lo vi solo por fuera, porque únicamente se entra si vas a una función. Aun así me paré delante: la fachada vale la pena y, si te fijas, arriba hay tres bustos de músicos.

El Museo de Santa Clara me sorprendió porque no lo llevaba en el radar. Es un antiguo palacio de emires que hoy es monasterio de monjas, y la entrada es gratis. Lo mejor es la alberca árabe del siglo XIII y la galería gótica del claustro, preciosa de verdad.

Para comer ya sabes: la Plaza de las Flores. Volví otra tarde a por unos caballitos y unos paparajotes de postre, que son hojas de limonero rebozadas y no saben a lo que parece.

Crucé el río varias veces por el Puente de los Peligros, el viejo de piedra, que es donde casi todo el mundo hace la foto del centro con la torre de la Catedral al fondo. A un paso está el Mercado de Verónicas, modernista de 1922, con una entrada muy bonita aunque por dentro sea un mercado normal de fruta y verdura.

Las tardes las dejé para los jardines. El Paseo del Malecón discurre junto al Segura y sus jardines son preciosos para caminar al fresco. El Jardín de la Glorieta y el de Floridablanca también merecen un paseo, muy verdes y coloridos. Y si te queda medio día y vas en coche, el Santuario de la Fuensanta está a menos de 6 kilómetros, en alto, con buenas vistas de toda la huerta.

¿Merece la pena visitar Murcia? Mi reflexión

Me fui el domingo por la tarde con la sensación de haber aprovechado el viaje. Murcia no es una ciudad que presuma, y precisamente por eso funciona. Caminé sus calles, entré en la Catedral y en el Casino, comí bien en la Plaza de las Flores y crucé el Segura sin sentir que me dejaba nada importante.

No es un destino para una semana, y no pasa nada. En dos días vi lo que quería y me sobró tiempo para sentarme en los jardines del Malecón sin prisa.

Si dudas entre venir o no, te lo digo claro: merece la pena visitar Murcia. Es barata y se recorre entera a pie. Y se come de maravilla. Quizá la verdadera pregunta sea por qué tardé tanto en ir.

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